Emociones: esas grandes desconocidas

Emociones. esas grandes desconocidas. Kamira

Emociones. esas grandes desconocidas. Kamira

Somos lo que sentimos respecto a las cosas que nos pasan, el cómo gestionemos emocionalmente lo que nos ocurre día a día es lo que define nuestra personalidad.

Pero en esta definición el repertorio de vocabulario se acaba pronto. Podemos estar tristes, alegres, cabreados y contentos. De poco más vocabulario tiramos a la hora de hablar de nuestras emociones.

Y si somos incapaces de comprender nosotros mismos lo que nos pasa, difícilmente se lo haremos entender a nuestros hijos.

Los adultos somos más tendentes a preguntar al otro qué has hecho hoy en vez de preguntar cómo estás. Nos resulta más fácil enumerar hora a hora nuestras actividades que contar cómo nos hemos sentido haciéndolas. Es como si fuéramos a un restaurante exquisito y sólo dijéramos que comimos comida al describir el festín.

La comunicación y la gestión emocional componen el 90% de nuestras experiencias vitales y la atención que les prestamos es mínima.

No sabemos identificar ni poner en palabras qué nos produce alegría, placer o tristeza y esta carencia cognitiva hace que nos conozcamos sólo a la mitad.

Controlar e identificar nuestras emociones es nuestra asignatura pendiente pero no podremos hacerlo si no sabemos lo qué son.

Como padres somos capaces de advertir a nuestros hijos cuando hay un peligro físico: no te subas allí porque te vas a caer. Si se hieren en la caída, la cadena de sucesos está clara: te has caído y te has hecho daño.

Pero qué ocurre cuando la herida es emocional, qué pasa cuando nuestros hijos se enfadan y no son capaces de controlar su ira, o cuando están muy contentos y pasamos por ello como si no tuviera importancia. Los niños, al igual que los adultos, pueden experimentar a lo largo del día todo tipo de emociones y debemos enseñarles a hablar sobre ellas, pero para eso tenemos que aprender primero nosotros. Un adulto que controla sus emociones es mucho MENOS vulnerable a la hora de afrontar la vida.

De igual manera que podemos advertirles de que si siguen comiendo chuches les dolerá la tripa, deberíamos poder explicarles que la ira y el enfado harán que su cerebro se desequilibre y se sentirán peor.

La educación emocional es la educación más importante que debieran recibir nuestros hijos pero para ello, los padres nos tenemos que ponernos las pilas. La buena noticia es que aprender a comunicarnos emocionalmente se puede aprender a cualquier edad. Es como un idioma, claro está que cuanto antes lo aprendamos antes podremos empezar.

Y como primera lección compartimos este maravilloso cortometraje en el que los más pequeños nos pillan ya la delantera. Vean y aprendan.

 

 

 

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